UNA HISTORIA DE LA LECTURA
Alberto Manguel
El destino de todo libro es misterioso, sobre todo para su autor. Una de las inesperadas
revelaciones que me deparó la publicación de Una historia de la lectura fue el descubrimiento de
una comunidad mundial de lectores y lectoras que, de manera individual y en circunstancias muy
distintas de las mías, tuvieron mis mismas experiencias y compartieron conmigo idénticos ritos
iniciáticos, iguales epifanías y persecuciones. La verdad es que nuestro poder como lectores es
universal y es universalmente temido, porque se sabe que la lectura puede, en el mejor de los
casos, convertir a dóciles ciudadanos y ciudadanas en seres racionales, capaces de oponerse a
la injusticia, a la miseria, al abuso de quienes nos gobiernan. Cuando estos seres se rebelan,
nuestras sociedades los llaman locos o neuróticos (como a don Quijote o a madame Bovary),
brujos o misántropos, subversivos o intelectuales, ya que este último término ha adquirido hoy en
día la calidad de insulto.
Escasos siglos después de la invención de la escritura, hace al menos seis mil